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Ensayos y divagaciones () (Letras Mexicanas nº 3 El cazador reúne las crónicas anoveladas en las que Reyes revive el mundo político, literario y.
Table of contents

Isabel y el Duque se enamoran, pasados ya los sobresaltos de aquélla, y hecha ya por éste la famosa justicia. Lucio pasa por casarse, a condición de no ser ahorcado. El verdugo, verdugo queda; el bufón, bufón y necio; y la señora Overdone, casamentera. Fray Pedro tira penosamente del borracho Bernardino, que no se decide a seguirlo. El Duque ha dicho a fray Pedro: —Religioso, lo dejo en vuestras manos; aconsejadlo.

Luego se van a sus hogares a contarlo a sus esposas. El pueblo ensalza al soberano. Lejos del teatro, por las calles alumbradas de luna, el religioso tira del borracho. Por las dudas, se resiste, patalea. Y fray Pedro le propina puntapiés incansablemente. Van por esos barrios como sombras chinescas. En su exasperación, fray Pedro se ha metido por el descampado de las afueras, y no sabe adonde se encamina. Ya se han perdido tras de aquella casuca. Ya doblan una esquina, ya reaparecen. Y el muerto resucita al instante. Se incorpora, se sienta como movido por un extraño resorte Zeus elogia mi sabiduría.

Mi Penélope ha dado su nombre a la virtud. Mi vida fue, toda, un regreso. Rumor de interrogación entre las sombras. Odiseo divaga.

Un regreso Y luego, en la fantasía, la casa próspera con el signo de 58 paz; y el padre Laertes, renombrado por su limpia vejez; y el hijo Telémaco, promesas de la paterna senectud; y, sobre un peñón de la costa, Penélope, la esposa firme, con los ojos fijos sobre la mar divina Eneas, de pie, escucha, apoyado sobre su pica. Hecho como de barro, parece un penate gigantesco. Tiene aire de sumisión y dulzura. Hasta cuando habla parece que escucha.

Odiseo, en cambio, parece que habla hasta cuando escucha. Persuade con el parpadeo, con el juego de los labios, con la estrategia de las manos. Por su nuca rueda la cabellera, semejante a flores de jacinto. Sus ojos, a pesar suyo, atisban. Y le dan aspecto sobrehumano esas cejas horizontales partidas por la línea exacta de la nariz. Mientras habla, su diestra va y viene, urdiendo la red de la persuasión —una red que se hace de día y se deshace de noche: artes aprendidas de su mujer —.

Los frescos pompeyanos te representan en forma de mono, que lleva a cuestas un mono decrépito, y a rastras, de la mano, a un mono pequeño. Tal es mi orgullo: haber dominado a la jactanciosa bestezuela del libre albedrío; haber forzado 59 la puerta misteriosa de mi conciencia, para que irrumpieran por ella las secretas comunicaciones del Cielo. Las sombras, hechas a las disputas académicas, muestran el mayor interés en la discusión.

Unas se sientan sobre la yerba. Otras se tumban, apoyando la barba en ambas manos. A Ifigenia, víctima de Diana, la llevabas al sacrificio atada en lazos de palabras. Pero sobre lo pasado ni los dioses tienen poder. Los hechos cumplidos no se anulan con razonamientos. De mi lulo salió la raza que había de vengar sobre Grecia las injurias de mi Troya incendiada.

Mi nombre se evoca en las plegarias. Convence en buena hora a las sombras. Pero sosiégate, Eneas, y detén el río de tus discursos.

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Tampoco el tono muy patético. Vamos a cuentas, si te place, y apuremos razones.

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En el principio era el Verbo. El chico de escuela, cuando recita las declinaciones, funda y aniquila estrellas y orbes por la fuerza de la palabra evocada.

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No se puede hablar en balde: hablar es ser Pero entro en materia. Las sombras hacen algo que equivale a toser y acomodarse en la butaca para oír mejor. Por toda la costa, en Citeres, en Zacinto, en Léucade, en Accio, tu nombre se une al de tu madre, y en todas partes pretenden guardar tus cenizas, impostor. Cuanta leyenda ha- 61 bía por toda la zona de tus viajes, la has saqueado, como buen poeta que eres, y le has impuesto tu nombre. Mirad las cicatrices de mi cuerpo y la curvatura de mi dorso cansado. Es todo lo que sé de mí mismo. Yo no puedo responder de los errores de los mitólogos, ni del falso nombre que me pongan.

Yo sólo sé que nada sé. Mucho hay de inexplicable en cada uno de nuestros actos. Yo soy inexplicable Ya te conozco. Pero, pues hablas de justificar tu vida en con- 62 junto, trata de explicarla primero. Lo que no se explica no se justifica tampoco. Yo mismo he dicho que mi objeto era explorar los pasos del mar. Consulté los antiguos periplos , oí hablar a los viejos. De suerte que yo conocí esa tierra y admira mi exactitud cronológica unos dos mil quinientos años antes que el Emperador Carlos.

De allí pasé al país de los Ojos redondos , o Cíclopes, que menos parecen hombres que montañas boscosas. La gruta de Polifemo se encuentra en el estrecho que hay entre Nísida y el Pausílipo. Las piedras rojas, azotadas por el fuego devastador, aparecen en el estrecho de Vulcanello y Lípari.

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Y los Lestrigones, que pescan a los hombres como si fueran atunes, ocupan, junto al cabo Urso o del Oso y la roca de la Paloma, las almadrabas del estrecho de Bonifacio. Y recuerda que me acompañaba Romano, hijo mío, habido en Circe, verdadero padre de Roma, de quien Roma ha tomado el nombre. Sé bien que anduviste por los mismos sitios que yo De Lavinia no nace Roma. Préciate, si te place, de un vano placer entre estas sombras.

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Préciate de seductor, mientras yo me enorgullezco de ser padre de Roma. Yo, como Tito Livio, tengo mis razones para sospecharlo. Pues usasteis de mí como de una de vuestras manos, amparadme. Pero Creusa no corría tan de prisa como vosotros.