Leer e-book La concepción: el mito del saquito vacío

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Table of contents

Simplemente decidió que era un lugar idóneo para reflexionar y gozar de la tranquilidad, del silencio y de la compañía de su hermana. Pascal se obsesiona con la idea de desentrañar las profundidades del alma, haciendo uso de la religión y la fe como principales herramientas. El libro goza de dos partes bien diferenciadas: La miseria del hombre sin Dios y La felicidad del hombre con Dios. En torno a acudió en ayuda de su amigo el jansenista Antonie Arnaud, que había sido acusado de calvinista. Escribiría para él las que se conocen como Cartas provinciales , que terminaría siendo una de las obras cumbre de la literatura francesa.

Decide defender la posición jansenista, a medio camino entre el pesimismo calvinista y el optimismo jesuita. La decisión de Pascal es firme: el hombre, por su facultad de libre voluntad, tiene responsabilidad para decidir sobre su salvación. El 19 de agosto, a los 39 años, y sólo uno después de que muriera su hermana Jacqueline, la muerte vino a buscar a Blaise Pascal.

Blaise Pascal representa como pocos pensadores la perfecta unión entre fe y ciencia, especulación y rigor experimental. Todo sumaba. A diferencia de otros que basaron todo el saber humano en la razón, él no quiso dejar de lado su parte emotiva, defendiendo que el conocimiento debía ser una conjunción perfecta de razón y corazón. Al igual que Schopenhauer tiempo después, culpó de nuestra decadencia moral a nuestra aparente incapacidad para conocer la verdad, haciéndonos responsables de ello.

Un apologista del valor de la ética cristiana al que incluso sus críticos respetaron como un contrincante digno. Lo lei todo deje caer lagrimas de claridad manifestando tanta bellesa. Muchas gracias. Saludos cordiales desde Seattle Washington. Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Acceso Suscripción. Ingrese a su cuenta. Recuperación de contraseña. Obtener ayuda. Crear una cuenta. Joke J.


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La afectividad de la protesta: entre el miedo y la esperanza. El pensamiento se va de festival. Pensar y solucionar los problemas de América Latina. Compartir en Facebook. En Río Lunado, podemos apreciar una restauración, de alto nivel literario, de nuestros mitos fundamentales: los de nuestros antepasados indígenas. Esta obra incluye el Romance de la niña Francia y la tragedia de Urutau, escrita en El libro, publicado originalmente en , por la editora Peuser de Argentina, estaba agotado.

Victoria Regia. El lenguaje de estas obras, de tipo modernista, era atildado, lujoso, de tipo flaubertiana.

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Todos los críticos coinciden en alabar la prosa deliberadamente poética y alambicada de Doña Concepción Leyes de Chaves, quien se inspiró -seguramente- en modelos franceses y tuvo la influencia de escritores como Goycoechea Menéndez y a otros cultores de la tónica modernista de su época, como Lugones. El amor y respeto a la naturaleza, propio de los personajes de estas leyendas, nos recuerda la preocupación ecológica de nuestro tiempo.

Los indígenas eran muy conscientes de la necesidad de este equilibrio "Hombre-Naturaleza" y nos han dado un gran ejemplo le sabiduría con su conducta. Para terminar este breve prólogo, podemos afirmar que este libro constituyó un importante hito dentro de la literatura paraguaya en el momento de su aparición. Resucita un mundo arquetípico, un modelo que -de alguna manera- constituye la matriz del inconsciente colectivo nacional. Es un intento, literariamente muy bien logrado, de recuperar las raíces de nuestro imaginario colectivo y la restauración de nuestro bagaje ancestral, tan ignorado y abandonado en estos tiempos menesterosos, que apelan -para salvarse- a la potencia de los mitos.

Descansando de sus luchas persigue a las fieras. Una onza extraordinaria, de soberbia estampa, divisa en la espesura. Le dispara una flecha certera.

Comentarios

La bestia huye dando brincos; bravía trata de sacudir la clava que le hiende el flanco. El cazador va en pos de las huellas sangrientas con tozudez. De noche durmió en un desconocido repliegue de la jungla. Al amanecer retomó la pista ensangrentada hasta alcanzar el matorral donde se guareció la bestia, cuyo bramido de postrera rebelión estremeció la selva.

El guerrero despojó a la víctima de los valiosos colmillos y de la espléndida piel, bello manto principesco que luciría con orgullo en justas del valor. La lluvia que caía a torrentes lo limpió de sangre. Cuando pasó la tormenta quiso volver sobre sus pasos, pero el suelo mojado no tenía memorias de caminantes y por la espesura no se divisaba el sol. El guerrero tomó entonces precauciones infinitas en su marcha. Dos días lleva en la selva desconocida. Por fin alcanza un vergel donde la voluntad humana parece haber dominado la selva.

En sueños siente que le cae un rocío perfumado. Seguro de una dicha inmediata camina con agilidad, optimista y casi alegre.

A la luz de la luna divisa unos montones rojizos que semejan una absurda cordillera de juguete. Los niños sacuden las batatas, cocinadas al rescoldo, en espera de la carne asada. Guerreros jóvenes untados de achíote, miran de soslayo a las mujeres que se cimbrean al pie de los morteros.

Sobre el césped hay odres de miel, tinajas de chicha, calabazas llenas de vino. Su porte bravío y noble se impone a los hombres; su gracia provoca la admiración de las mujeres. La cosecha de mandioca coincidía con las fiestas de la nubilidad.

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En andas, como diosas, llegaron las que festejaban su mocedad. Ostentaban sendas riscas bermejas en las mejillas, en el pecho y brazos, y el imperceptible hilo rojo de la virginidad en torno de las caderas. Familias enteras las seguían con muestras de regocijo, bailando, cantando, proclamando a gritos las virtudes de la doncella que les pertenecía. La procesión se detuvo. Los rayos lunares destacaron a la muchachita que cruzó los brazos sobre el pecho, ladeó ligeramente la cabeza y evitó el intenso mirar del forastero; parecía una sensitiva plegada al contacto adverso.

Los dolorosos sacrificios de la nubilidad, aquellos tres largos meses de escarificaciones, de ayuno, de encierro en la hamaca sin ver la luz, habían hecho de ella una figura casi blanca, delicada, de finura adorable, increíble de que perteneciera a un grupo primitivo y enérgico. Chiró recordaba que en la noche del nacimiento de Coetí, brillaron las constelaciones de la dicha. Aquel príncipe poderoso sería la lumbre de felicidad proyectada sobre el porvenir de la niña, y este forastero el enviado providencial de las potencias que sujetan los destinos de los astros.

Chiró le pidió que le indicara el camino que conducía al palacio blanco. A Chiró no le pesaban los años ni sus alforjas, en cambio la joven caminaba con lentitud, se diría que esperaba la ocasión de escaparse y volver al lado de aquel primo que, a una señal de la abuela, había quedado cual planta seca de espinillo, huraño y hostil. Cerca del mediodía los caminantes, habiendo hecho un largo Trayecto, quedaron a descansar. Chiró sacó una hamaca de su hatillo; la sujetó a las ramas y dejó en ella a su nieta. La niña corrió al arroyo y regresó con el cabello mojado; las gotas de agua le rodaban por el cuello cual polvos de cuarzo hialino.

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El mozo se adelantó a su encuentro y la tomó de la cintura con vehemencia. Intervino Chiró; sirvió al asado y después de comer, preguntó a qué hora se llegaría al palacio blanco. Cuanto antes mejor. Ésta comprendió que vivía el minuto extremo del cual dependía su propio destino y el de su nieta.